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Coach Jesús Díaz

Trayectoria y evidencia

Las Startups que fracasan

Una reflexión sobre la evaluación del emprendimiento temprano y las consecuencias de exigir resultados y optimización antes de comprender el aprendizaje y la trayectoria.

Por Jesús Díaz

Publicado originalmente en LinkedIn · Documento fechado el · Ver publicación original ↗

Las Startups que fracasan: cuando medir demasiado pronto se confunde con evaluar. Un puente se pierde en la niebla.

Jesús Gerardo Díaz Martínez · Arquitecto de sistemas de legibilidad para emprendimientos tempranos | Fundador del Modelo Colibrí LATAM · 26 de enero de 2026

Durante los últimos años he escuchado —en aulas, mentorías, comités de evaluación y, recientemente, en un podcast de un economista con amplia trayectoria en el mundo del venture capital— definiciones de startup que, aun siendo técnicamente impecables, dejan un rastro incómodo.

Una de ellas afirmaba que una startup es una nueva empresa que debe crecer de manera acelerada y alcanzar alrededor de un millón de dólares de facturación mensual hacia su tercer año, y que para lograrlo resulta legítimo —e incluso necesario— optimizar cualquier elemento de la organización, incluyendo el recambio de una parte significativa del equipo.

No traigo esta definición para descalificarla. Tampoco para contraponerla con una visión “más humana” o “menos ambiciosa”. La traigo porque revela algo más profundo: el problema no es la definición en sí, sino el lugar desde donde se le aplica.

Startup: un concepto esencialmente controvertido

El término startup parece gozar de un consenso aparente. Nadie duda de su valor económico, social o innovador. Sin embargo, su significado preciso genera desacuerdos persistentes entre expertos.

Este rasgo no es accidental. El filósofo británico W. B. Gallie, describió este tipo de nociones como conceptos esencialmente controvertidos: términos que todos valoran positivamente, pero cuya definición y aplicación correcta están condenadas —por diseño— a una discusión permanente.

La controversia no se resuelve afinando la definición. Se agrava cuando se ignora su naturaleza.

Dos definiciones canónicas… y un desplazamiento silencioso

Dos de las definiciones más citadas en el estudio del emprendimiento ayudan a entender el problema.

Steve Blank, “El manual del emprendedor” (2012), define una startup como una organización temporal en búsqueda de un modelo de negocio escalable y replicable.

Por su parte, Eric Ries,“The lean startup” (2011) la describe como una institución humana diseñada para crear un nuevo producto o servicio bajo condiciones de incertidumbre extrema.

Ambas definiciones coinciden en algo crucial: una startup no es una empresa en régimen, sino una organización transitoria, orientada a la exploración y al aprendizaje.

Cuando la definición que escuchamos recientemente sitúa el foco directamente en la facturación, la escala y la optimización, no está negando a Blank ni a Ries. Está haciendo otra cosa: desplaza el centro del concepto desde el proceso hacia el resultado.

De startup a empresa: una diferencia de tiempo, no de valor

Desde mi trabajo en formación y acompañamiento emprendedor, he propuesto entender una startup como...

Una organización temporal que busca desarrollar un nuevo producto o servicio, en condiciones de extrema incertidumbre y escasez estructural de recursos, hasta encontrar un modelo de negocio factible, replicable y escalable.

Cuando ese modelo se valida, la startup deja de existir como tal y se transforma en una empresa: una organización estable, con un mercado identificado y un entorno de incertidumbre considerablemente menor.

Esta distinción no es semántica. Es temporal.

La optimización de procesos, la eficiencia operativa y las métricas de desempeño pertenecen al dominio de la empresa. La exploración, el aprendizaje y la validación pertenecen al dominio de la startup.

Confundir estos tiempos tiene consecuencias.

El emprendedor: del agente económico al actor ontológico

El problema se profundiza cuando observamos cómo ha evolucionado la noción de emprendedor.

Desde Richard Cantillon (economista clásico 1680-1734), que lo definía como quien asume riesgos bajo incertidumbre, pasando por Joseph Schumpeter (economista austriaco 1883-1950), que lo veía como el agente de la innovación y la destrucción creativa, hasta Israel Kirzner (economista escuela austriaca 1930), que lo caracterizaba por su capacidad de percibir oportunidades invisibles.

Con Fernando Flores, (uno de los padres del Coaching ontológico 1943), se produce un giro decisivo: el emprendedor deja de ser solo una función económica y pasa a ser un innovador cultural, alguien que se hace cargo de anomalías del mundo humano y contribuye a transformar la forma de vida de las personas.

Emprender ya no es únicamente optimizar recursos. Es iniciar un viaje hacia lo desconocido, con recursos limitados y una promesa implícita hacia el mundo.

¿Y el fracaso?

Llegamos entonces a la pregunta incómoda:

¿Hasta qué punto las estadísticas de fracaso de startups reflejan realmente la incapacidad de los emprendedores, y no la aplicación prematura de criterios que pertenecen a otra etapa del proceso?

Cuando se exige optimización antes de comprensión, eficiencia antes de aprendizaje y resultados antes de trayectoria, muchas organizaciones en búsqueda son evaluadas —y descartadas— como si ya fueran empresas maduras.

No fracasan necesariamente porque la idea carezca de valor, sino porque el sistema les exige comportarse como aquello que todavía no son.

Una discrepancia que sí importa

La definición de startup centrada en la escala y la facturación es plenamente válida dentro del marco del venture capital, donde la startup es entendida como un actor susceptible de inversión y, por definición, debe demostrar tener el potencial de convertirse en un fund maker: una empresa capaz de generar un retorno extraordinario, multiplicando por diez o más (10x) el capital comprometido por el fondo. El problema no reside en esa lectura, sino en su universalización y en su uso como criterio temprano de evaluación, formación o descarte, aplicado a organizaciones que aún se encuentran en fase de búsqueda, aprendizaje y validación.

En un “concepto esencialmente controvertido”, como lo es una startup, imponer una sola lectura no elimina la controversia. La vuelve invisible. Y en ese gesto, el costo no lo paga la definición. Lo pagan los equipos, las trayectorias y los aprendizajes que no llegan a madurar.

Tal vez, antes de preguntarnos por qué tantas startups fracasan, deberíamos revisar qué estamos llamando fracaso… y desde qué momento del viaje lo estamos midiendo.

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La fecha corresponde al documento aportado por el autor.

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